El alfajor tiene sus raíces en la palabra árabe Al-Hasú, que significa «el relleno». Su versión original consistía en una base de pasta de almendras, nueces y miel, una combinación que era popular en la península Ibérica durante la invasión árabe. Con el tiempo, esta y otras recetas fueron adoptadas por la cultura española, quienes, al emigrar hacia América Latina, llevaron consigo sus tradiciones culinarias, entre ellas, el alfajor.
El alfajor lleva elaborándose y consumiéndose desde tiempos coloniales en territorios que hoy forman parte de Argentina. El primer alfajor propiamente argentino del que se tiene registro es el alfajor santafesino, ligado a la historia de la ciudad de Santa Fe. Su producción comenzó en 1851 en un local ubicado en la esquina de San Jerónimo y 3 de Febrero, a pocos metros del Cabildo (donde hoy se encuentra la Casa de Gobierno de Santa Fe). Su creador, Hermenegildo Zuviría, apodado Merengo, elaboraba estos alfajores con galletas de masa tostada, rellenas de dulce de leche y bañadas en glacé de azúcar.
Su popularidad se disparó con la Convención Constituyente de 1853, cuando los 23 representantes que participaron del histórico evento lo llevaron de recuerdo a sus provincias. Incluso el coronel santafesino Néstor Fernández lo llevó a la batalla de Caseros, lo que contribuyó a su difusión entre los soldados y a que el general Justo José de Urquiza solicitara envíos semanales a su estancia en Entre Ríos. La marca Merengo, nacida de este legado, sigue vigente en la actualidad y el alfajor santafesino es considerado un patrimonio de la ciudad.
En sus primeros años en Argentina, el alfajor tenía una forma rectangular y era conocido por un pequeño grupo de inmigrantes españoles. Sin embargo, su popularidad no despegó hasta que el chef francés Auguste Chammás, llegado a Argentina en 1840, introdujo en 1869 una nueva versión redonda en Córdoba. Chammás y su esposa fundaron una pequeña fábrica de dulces y confituras que revolucionaría la presentación del alfajor, sentando las bases para su posterior expansión y adaptación en distintas regiones del país.
Con el tiempo, el alfajor se consolidó como un alimento esencial en la vida diaria de los argentinos. Desde kioscos hasta almacenes y casas de pastelería, su presencia se volvió omnipresente. Además, su versatilidad permitió que diferentes provincias crearan sus propias versiones con ingredientes locales. Desde los alfajores marplatenses bañados en chocolate hasta los cordobeses con relleno de dulce de frutas, la variedad de estilos y sabores refleja la riqueza cultural de cada región.
Más allá de Argentina, Uruguay es el segundo país productor y consumidor de alfajores en el mundo. Al igual que en Argentina, los alfajores en Uruguay tienen una fuerte presencia en la vida cotidiana, con marcas reconocidas y variedades que van desde los clásicos de maicena hasta versiones más innovadoras con diferentes coberturas y rellenos.
La industria del alfajor ha crecido hasta convertirse en un sector de gran impacto económico, con una estructura productiva que abarca desde pequeños emprendimientos artesanales hasta grandes fábricas de alcance internacional. Su desarrollo ha impulsado la aparición de un ecosistema de proveedores especializados en maquinaria y tecnología, con empresas argentinas dedicadas exclusivamente a la fabricación e instalación de líneas semiautomáticas de producción de alfajores. Estas incluyen máquinas dosificadoras, bañadoras de chocolate y túneles de enfriamiento, diseñadas para optimizar cada etapa del proceso productivo.
Además, la industria consume miles de toneladas de insumos específicos, como dulce de leche formulado especialmente para alfajores, distintos tipos de chocolates y harinas, así como una amplia variedad de dulces y mermeladas para los diferentes rellenos. Esta infraestructura ha permitido que el alfajor no solo se mantenga vigente, sino que continúe expandiéndose y conquistando nuevos mercados.
El impacto emocional y cultural del alfajor también es significativo. A lo largo de los años, se ha convertido en una tradición regalar alfajores como muestra de cariño entre familiares y amigos. Es un dulce que acompaña momentos de celebración, reuniones familiares e incluso representa un vínculo para muchos emigrantes con su tierra natal.
Hoy en día, el alfajor sigue evolucionando, manteniendo su esencia pero adaptándose a las nuevas tendencias y gustos. Existen versiones dobles, triples, con diversas combinaciones de rellenos, cubiertas de chocolate y glaseados, impulsadas por la creatividad de los productores locales. Cada alfajor cuenta una historia: la del lugar donde fue elaborado, los ingredientes que lo componen y el cariño de las manos que lo prepararon.
Este dulce, que comenzó como una adaptación de influencias árabes y españolas, se ha convertido en un símbolo de la identidad argentina y latinoamericana. Muchas fábricas locales son orgullo de sus comunidades, y la llegada de una caja de alfajores es un gesto de afecto, una muestra viva de la cultura y tradición de cada rincón del país.